El valor de la amistad
Hace poco estuve en Vilches, un pueblo de la provincia de Jaén cercano a Linares, donde me alojé en compañía de mi novia y de mi hermana. El motivo del encuentro fue una boda: se casó Carmen, la hija de una amiga de mi madre. De esas amigas, supongo, que se cuentan con los dedos de las manos.
En este sentido, conversé con mi novia, hará unos pocos días, acerca del valor de la amistad. Lo hice, es verdad, en un momento de desánimo personal. El desaliento puede que haga fértil el ejercicio, por ejemplo, de la escritura creativa (esta hipótesis, lejos de ser mía, la sostuvo el propio Aristóteles al preguntarse por qué la "melancolía" afectaba con más frecuencia a quien desarrollaba el intelecto). Llegué a la conclusión de que los verdaderos amigos no sólo suelen reducirse a dos, o tres a lo sumo, en la vida de una persona (así lo expresa Carlos Castilla del Pino en el primer volumen de sus memorias, Pretérito Imperfecto). El resultado de mi reflexión apuntó a que, más bien, no se suele gozar de un solo amigo verdadero a lo largo de la vida.
Esta pesimista convicción (por fortuna, pasajera: exagero cuando me deprimo) tiene algo de barojiana, lo que no está de más resaltar en este blog al que titulé con una alusión al novelista español. Me refiero a las divagaciones de Baroja, por ejemplo en su ensayo Juventud, egolatría, que le llevan al descarado pensamiento de que el hombre demuestra una sensación oculta de gozo al conocer la desgracia de un amigo. Como siempre, la sentencia de Baroja no guarda ningún tipo de miramiento. Por eso escandaliza y le crea enemigos insalvables. No quiero estar de acuerdo con Don Pío en su deducción lógica de que el hombre es por naturaleza malvado. No lo estoy. También algo de razón tiene Andrés Trapiello cuando, en un artículo que publicó no hace mucho en El País, define a Baroja como un burgués desengañado al que todo le repugna. Pero, por incomprensible que le resulte a quien no ha leído nada a Baroja, ésa forma parte de sus cualidades más apreciadas: el desencanto que lo libera de la hipocresía social, aunque también de lo bueno que puede reservar a cada uno la convivencia humana.
Trapiello aclara este aspecto en ese artículo. Comprender a Baroja no es fácil; quien lo logra, entiende algo mejor nuestra naturaleza. Por eso su aportación literaria no debe nunca subestimarse.
En este sentido, conversé con mi novia, hará unos pocos días, acerca del valor de la amistad. Lo hice, es verdad, en un momento de desánimo personal. El desaliento puede que haga fértil el ejercicio, por ejemplo, de la escritura creativa (esta hipótesis, lejos de ser mía, la sostuvo el propio Aristóteles al preguntarse por qué la "melancolía" afectaba con más frecuencia a quien desarrollaba el intelecto). Llegué a la conclusión de que los verdaderos amigos no sólo suelen reducirse a dos, o tres a lo sumo, en la vida de una persona (así lo expresa Carlos Castilla del Pino en el primer volumen de sus memorias, Pretérito Imperfecto). El resultado de mi reflexión apuntó a que, más bien, no se suele gozar de un solo amigo verdadero a lo largo de la vida.
Esta pesimista convicción (por fortuna, pasajera: exagero cuando me deprimo) tiene algo de barojiana, lo que no está de más resaltar en este blog al que titulé con una alusión al novelista español. Me refiero a las divagaciones de Baroja, por ejemplo en su ensayo Juventud, egolatría, que le llevan al descarado pensamiento de que el hombre demuestra una sensación oculta de gozo al conocer la desgracia de un amigo. Como siempre, la sentencia de Baroja no guarda ningún tipo de miramiento. Por eso escandaliza y le crea enemigos insalvables. No quiero estar de acuerdo con Don Pío en su deducción lógica de que el hombre es por naturaleza malvado. No lo estoy. También algo de razón tiene Andrés Trapiello cuando, en un artículo que publicó no hace mucho en El País, define a Baroja como un burgués desengañado al que todo le repugna. Pero, por incomprensible que le resulte a quien no ha leído nada a Baroja, ésa forma parte de sus cualidades más apreciadas: el desencanto que lo libera de la hipocresía social, aunque también de lo bueno que puede reservar a cada uno la convivencia humana.
Trapiello aclara este aspecto en ese artículo. Comprender a Baroja no es fácil; quien lo logra, entiende algo mejor nuestra naturaleza. Por eso su aportación literaria no debe nunca subestimarse.

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