VIDA Y DESPRECIO
El ritmo trepidante de El último Rey de Escocia, la película en la que el actor que representa al dictador de Uganda ha merecido un Óscar de la Academia de cine de Hollywood, supera incluso al de otro filme realista que comparte al continente de África como escenario, Diamantes de Sangre (cuyo protagonista -o uno de ellos-, Leonardo Di Caprio, creo que también competía por ese mismo galardón dque otorga la institución estadounidense).
Hay un escenario que, por su valor simbólico para mí, me ha conmovido desde el principio: el joven que grita, desesperado, por no sucumbir a una vida monótona y que le ha sido impuesta por su familia y por su sociedad. No menos sugerente, desde luego, puede ser la moraleja de lo que le sucede después, fruto de una aduacia y temeridad poco creíbles. O, al menos, alejadas de la personalidad media de un muchacho occidental.
No obstante, algo conserva la actitud del joven que no dista de ser posible. Y cuanto le rodea, es decir, la crudeza del país africano, saben los expertos cuán real es. Puede que hasta se quede corta. La representación del tirano resulta sin duda magistral. El populista y quienes le protegen a costa de millones de muertes siempre inmerecidas. Ninguna vida humana merece el desprecio de sus semejantes.
Hay un escenario que, por su valor simbólico para mí, me ha conmovido desde el principio: el joven que grita, desesperado, por no sucumbir a una vida monótona y que le ha sido impuesta por su familia y por su sociedad. No menos sugerente, desde luego, puede ser la moraleja de lo que le sucede después, fruto de una aduacia y temeridad poco creíbles. O, al menos, alejadas de la personalidad media de un muchacho occidental.
No obstante, algo conserva la actitud del joven que no dista de ser posible. Y cuanto le rodea, es decir, la crudeza del país africano, saben los expertos cuán real es. Puede que hasta se quede corta. La representación del tirano resulta sin duda magistral. El populista y quienes le protegen a costa de millones de muertes siempre inmerecidas. Ninguna vida humana merece el desprecio de sus semejantes.

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