Perdidos en el disfraz
"¿Y por qué no te callas?", le espetó el Rey Don Juan Carlos al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, en la XVII Cumbre Iberoamericana. La respuesta a la afrenta de éste (al parecer no cejó en su empeño de atacar al ex mandatario Aznar) no la protagonizó, sin embargo, el monarca español, sino el presidente Rodríguez Zapatero.
La mesura y el temple de éste han quedado para mí demostrados. Resulta insólito, por esa razón, que Gabriel Elorriaga, secretario de Comunicación del Partido Popular (PP) declare, al poco de trascender la escenificación de esta disidencia, su convicción de que la falta de previsión o incluso la "inacción" del jefe del Ejecutivo y de su ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, acaparan las causas del conflicto.
Zapatero defendió, en un gesto que avala su honestidad, a su antiguo adversario político. Tal vez, por cierto, no tan "antiguo". Uno lee por ahí que el envalentonamiento de Aznar a partir de la publicación de su escrito Cartas a un joven español, incluye la idea no descartable de su vuelta a la primera línea directiva del PP en caso de que Rajoy, su actual presidente, pierda las próximas elecciones generales.
Pero, más allá de la elucubración sobre una reaparición de Aznar en la vida política española, ¿cómo puede Elorriaga, el conjunto de los dirigentes de su partido, reprochar a Zapatero su impecable defensa de aquél frente a un populista como Hugo Chávez? ¿No se dan cuenta los populares de que contrarían a su electorado o, al menos, al fundamento sensato de sus principios?
Tal vez aquí reside el quid de la cuestión: la estrategia partidista conservadora escoge lo más práctico, esto es, refrescar la parte emotiva de sus votantes. Sólo que a éstos ya los tienen en el bote; deben "ganarse" a los millones de indecisos que oscilan entre una u otra opciones políticas cuando acuden a las urnas. Ésos que les hicieron perder los últimos comicios. Creo que hay una sola estrategia de valor universal para cualquier fuerza colectiva democrática: la sinceridad. A veces creo percibirla en el actual presidente y en su representante Martínez de la Vega. No así en Acebes o en Zaplana. El ciudadano de a pie valora hoy más que nunca esa cualidad, por la sencilla razón de que se nos acostumbra al disfraz permanente. El voto, casi seguro, volverá a desenmascararlo.
La mesura y el temple de éste han quedado para mí demostrados. Resulta insólito, por esa razón, que Gabriel Elorriaga, secretario de Comunicación del Partido Popular (PP) declare, al poco de trascender la escenificación de esta disidencia, su convicción de que la falta de previsión o incluso la "inacción" del jefe del Ejecutivo y de su ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, acaparan las causas del conflicto.
Zapatero defendió, en un gesto que avala su honestidad, a su antiguo adversario político. Tal vez, por cierto, no tan "antiguo". Uno lee por ahí que el envalentonamiento de Aznar a partir de la publicación de su escrito Cartas a un joven español, incluye la idea no descartable de su vuelta a la primera línea directiva del PP en caso de que Rajoy, su actual presidente, pierda las próximas elecciones generales.
Pero, más allá de la elucubración sobre una reaparición de Aznar en la vida política española, ¿cómo puede Elorriaga, el conjunto de los dirigentes de su partido, reprochar a Zapatero su impecable defensa de aquél frente a un populista como Hugo Chávez? ¿No se dan cuenta los populares de que contrarían a su electorado o, al menos, al fundamento sensato de sus principios?
Tal vez aquí reside el quid de la cuestión: la estrategia partidista conservadora escoge lo más práctico, esto es, refrescar la parte emotiva de sus votantes. Sólo que a éstos ya los tienen en el bote; deben "ganarse" a los millones de indecisos que oscilan entre una u otra opciones políticas cuando acuden a las urnas. Ésos que les hicieron perder los últimos comicios. Creo que hay una sola estrategia de valor universal para cualquier fuerza colectiva democrática: la sinceridad. A veces creo percibirla en el actual presidente y en su representante Martínez de la Vega. No así en Acebes o en Zaplana. El ciudadano de a pie valora hoy más que nunca esa cualidad, por la sencilla razón de que se nos acostumbra al disfraz permanente. El voto, casi seguro, volverá a desenmascararlo.

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