Comercio y emociones
Acabo de ver un vídeo en you-tube, el famoso portal-web comprado por Google donde el usuario se descarga todo tipo de filmaciones (con alguna excepción, si no me equivoco, como el caso de los contenidos pornográficos), de Coca-Cola. La bebida universal por excelencia ha recreado un puñado de lugares comunes para atrapar a un público objetivo del que formo parte: la generación española nacida en los años setenta del pasado siglo.
Mi nacimiento en 1975, el año en el que pereció Franco, me sitúa en un plano generacional paradigmático desde del punto de vista sociológico. En efecto, pertenezco a la "generación del baby-boom" y me identifico con esas zonas comunes que explota la marca comercial estadounidense. Pero ésta, como acabo de evidenciar, nada o poco tiene que ver con España, salvo el hecho de que pudiera venderse sin restricciones en la larga época de la guerra fría. Algo que comparte nuestro país con no menos de medio planeta y, en la actualidad, con el planeta entero, salvo raras excepciones.
En consecuencia, percibo la manipulación de elementos emocionales (las vivencias que compartimos los hoy treintañeros) con el fin lícito de la venta de un producto. Algo tan obvio que cuesta creer por qué aceptamos el juego ajeno con emociones que nos pertenecen. Nuestra vida, señores publicitarios, no se comercia porque carece de precio posible. Ni siquiera a nosotros nos pertenece. Dejen el pasado donde está: en la nada o, todo lo más, en el recuerdo. No comercien con nuestro pensamiento.
Mi nacimiento en 1975, el año en el que pereció Franco, me sitúa en un plano generacional paradigmático desde del punto de vista sociológico. En efecto, pertenezco a la "generación del baby-boom" y me identifico con esas zonas comunes que explota la marca comercial estadounidense. Pero ésta, como acabo de evidenciar, nada o poco tiene que ver con España, salvo el hecho de que pudiera venderse sin restricciones en la larga época de la guerra fría. Algo que comparte nuestro país con no menos de medio planeta y, en la actualidad, con el planeta entero, salvo raras excepciones.
En consecuencia, percibo la manipulación de elementos emocionales (las vivencias que compartimos los hoy treintañeros) con el fin lícito de la venta de un producto. Algo tan obvio que cuesta creer por qué aceptamos el juego ajeno con emociones que nos pertenecen. Nuestra vida, señores publicitarios, no se comercia porque carece de precio posible. Ni siquiera a nosotros nos pertenece. Dejen el pasado donde está: en la nada o, todo lo más, en el recuerdo. No comercien con nuestro pensamiento.

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