Ser y escribir
Lee uno a Salvador Pániker y se reconcilia con la escritura como medio de escapar del sufrimiento. Razona este autor en su recopilación de escritos Cuaderno Amarillo, cómo el acto de escribir responde a una mera prolongación de quien uno es. Por eso considera una redundancia innecesaria y tediosa tener que hacer (por encargo) una crítica de un ensayo propio (en este caso Filosofía y Mística, que Pániker asegura haber publicado en 1992 pese a que mi edición de esa obra en la editorial Kairós data de ocho años más tarde): hablar sobre lo que uno mismo ha escrito equivale -según entiendo- a reafirmar su existencia expresándola de nuevo. Algo así como darse a conocer por segunda vez a una persona (por ejemplo, se me ocurre, repetir hasta la saciedad una entrevista de trabajo con la intención de hallar algo que pudo pasar inadvertido en la presentación anterior).
La cuestión estriba en que todo escrito, en realidad, obedece a una reverberación de lo vivido. El propio pensamiento puede compararse a una cascada ininterrumpida de ideas generadas, a su vez, por la interrelación de nuestro cerebro con el entorno. Nadie crea ex nihilo, es decir, de la nada.
La cuestión estriba en que todo escrito, en realidad, obedece a una reverberación de lo vivido. El propio pensamiento puede compararse a una cascada ininterrumpida de ideas generadas, a su vez, por la interrelación de nuestro cerebro con el entorno. Nadie crea ex nihilo, es decir, de la nada.

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