Libertad y Periodismo
Escucho un debate en Telemadrid sobre el ataque a las tropas del Ejército español en Líbano, que iban allá "en misión de paz". Entiendo casi todas las opiniones que escucho, lo que no quiere decir, claro está, que las comparta. Conozco, incluso en persona, a algunos de los periodistas que participan en el debate que modera Ernesto Sáenz de Buruaga. Sólo puedo decir, a primera vista, que percibo un considerable contraste entre la autoridad intelectual de algún invitado, como Gustavo de Arístegui (PP), y algún que otro colega (dado que también soy, en efecto, periodista).
Poca cosa puedo deducir de lo escuchado, salvo la confirmación de la existencia de corrientes de opinión que canalizan los medios y seguimos, sin más remedio, quienes trabajamos para ellos. A veces puede coincidir la línea editorial con lo que uno piensa, eso sí: algo que, me atrevo a presuponer, sucede poco y, cuando lo hace, se acompaña de la premisa de que el periodista, curtido en el oficio, puede optar por el medio que le dé de comer.
Salvo algunos colegas que disfrutan de este lujo, lo habitual pasa por plegarse ante las exigencias del director, empresario o programador; de quien proporciona el capital, en suma. No creo errar al generalizar en este punto y advertir de que, la totalidad de los medios de comunicación, obedece a estas condiciones en su funcionamiento. Queda, no obstante, la razonable confianza en la libertad individual e insobornable que sí puede expresarse en ocasiones incluso en el medio para el que se trabaja. Y tampoco debe descartarse la posibilidad de un periodismo independiente: hacerlo equivale a sucumbir al sinsentido de la vida. Como ésta y reflejo de ella, la labor del periodista puede, en un momento dado, encaminarse a su verdadero fin: el servicio solidario al otro dándole aquello que le es útil para dotar de significado su existencia. Significación en pro de la creencia en el hombre sin más: en su capacidad para vencer el absurdo y ser, en fin, libre.
Poca cosa puedo deducir de lo escuchado, salvo la confirmación de la existencia de corrientes de opinión que canalizan los medios y seguimos, sin más remedio, quienes trabajamos para ellos. A veces puede coincidir la línea editorial con lo que uno piensa, eso sí: algo que, me atrevo a presuponer, sucede poco y, cuando lo hace, se acompaña de la premisa de que el periodista, curtido en el oficio, puede optar por el medio que le dé de comer.
Salvo algunos colegas que disfrutan de este lujo, lo habitual pasa por plegarse ante las exigencias del director, empresario o programador; de quien proporciona el capital, en suma. No creo errar al generalizar en este punto y advertir de que, la totalidad de los medios de comunicación, obedece a estas condiciones en su funcionamiento. Queda, no obstante, la razonable confianza en la libertad individual e insobornable que sí puede expresarse en ocasiones incluso en el medio para el que se trabaja. Y tampoco debe descartarse la posibilidad de un periodismo independiente: hacerlo equivale a sucumbir al sinsentido de la vida. Como ésta y reflejo de ella, la labor del periodista puede, en un momento dado, encaminarse a su verdadero fin: el servicio solidario al otro dándole aquello que le es útil para dotar de significado su existencia. Significación en pro de la creencia en el hombre sin más: en su capacidad para vencer el absurdo y ser, en fin, libre.

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