Pasiones de Cuba
Acaban de regalarme la biografía de Fidel Castro escrita por Norberto Fuentes, quien, al parecer, fue amigo y colaborador del dictador caribeño hasta que dejó, en efecto, de serlo y abrazó la posición contraria a la de la denominada revolución castrista. Mucho se ha escrito en los últimos meses de este formidable dirigente, capaz de alcanzar metas inigualables en la historia universal contemporánea.
Hace poco leí un artículo esclarecedor en El País sobre este asunto, el de Fidel reconvertido en objeto de múltiples recopilaciones historiográficas. La reciente Feria del Libro de Madrid, que aquí se celebra entre finales de mayo y principios de junio (en Cuba, por otro lado, el encuentro más celebrado con la cultura impresa tiene lugar en el mes de febrero), ofrecía en algunas de sus casetas estos ensayos y biografías de reciente publicación. Las hay, como escribió el autor de ese artículo al que he hecho referencia, que legitiman el gobierno de Castro; otras lo aborrecen y tampoco faltan las que se quedan a medias de una y otra posturas. Sólo sé que mi sensación sobre la historia de esta isla en el último medio siglo continúa inmersa en una nebulosa. Tras ésta pervive la proyección de una corriente ideológica y política que apela a la emoción y la moldea a su conveniencia. Tal vez sea hora de condenar la inaceptable ausencia de libertad de expresión y de acción que sufre y padece el ciudadano cubano. Tal vez también sea el momento de recapitular sobre alguna posibilidad civilizada de convivencia que rehúya el otro extremo, el del capitalismo promotor de una desigualdad inaceptable.
Hace poco leí un artículo esclarecedor en El País sobre este asunto, el de Fidel reconvertido en objeto de múltiples recopilaciones historiográficas. La reciente Feria del Libro de Madrid, que aquí se celebra entre finales de mayo y principios de junio (en Cuba, por otro lado, el encuentro más celebrado con la cultura impresa tiene lugar en el mes de febrero), ofrecía en algunas de sus casetas estos ensayos y biografías de reciente publicación. Las hay, como escribió el autor de ese artículo al que he hecho referencia, que legitiman el gobierno de Castro; otras lo aborrecen y tampoco faltan las que se quedan a medias de una y otra posturas. Sólo sé que mi sensación sobre la historia de esta isla en el último medio siglo continúa inmersa en una nebulosa. Tras ésta pervive la proyección de una corriente ideológica y política que apela a la emoción y la moldea a su conveniencia. Tal vez sea hora de condenar la inaceptable ausencia de libertad de expresión y de acción que sufre y padece el ciudadano cubano. Tal vez también sea el momento de recapitular sobre alguna posibilidad civilizada de convivencia que rehúya el otro extremo, el del capitalismo promotor de una desigualdad inaceptable.

1 Comments:
Me imaginé a mí mismo como uno más de los cubanos bajo el régimen de Fidel. Si de veras continuara siendo yo, sin morderme la lengua, no me cabe duda de que acabaría en la cárcel o aniquiliado. Y en cualquier régimen marxista me hubiera sucedido igual. Por eso ni soy marxista ni castrista. Al marxismo le pasa lo mismo que al liberalismo: ambos olvidan la perversa inclinación del hombre hacia el mal. Las dictaduras marxistas siempre olvidaron la igualdad que predicaban, acabando con cualquier disidencia o con los más idealistas. Los liberalistas olvidaron la libertad ajena cuando se hicieron con el poder: liberalismo para ellos, y sólo reglas del juego para los pobres. Sea como sea, hay que conseguir que el político siempre sea controlado por el pueblo, y nunca al revés. A Fidel, ¿quién le controló? ¿Tan bueno fue que siempre salió reelegido para gobernar a su pueblo? Sólo la muerte le hará igual a todos los demás...
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