Fútbol, felicidad y amor
La victoria, hoy, de la selección de Brasil frente a la de Japón en el Mundial de balompié de Alemania revela que todavía los brasileños pueden jugar bien al fútbol. En realidad, siempre han podido. También puede preverse que siempre podrán. La "mercadotecnia" hace que prime la posesión de capital, es decir, que sólo se premie el resultado de un partido. Pero el jugador con talento innato ambiciona disfrutar con lo que hace y sabe lograrlo: a eso se le llama "felicidad".
La felicidad nunca puede ser absoluta, ni en el fútbol ni en ningún otro orden de la vida. Se trata de un principio elemental, incluso biólogico, que exige una dosis moderada de toda manifestación orgánica, mente y espíritu incluidos. De ahí la sentencia de Miguel Delibes: "La felicidad es la antesala del llanto".
Hoy Brasil ha sido feliz. A rachas, como sucede con la felicidad, que puede definirse, en efecto, como una sucesión de pequeños instantes, momentos a lo sumo, pero repetibles y, por supuesto, reforzadores de la salud. Los brasileños, como los caribeños y los isleños, parecen predispuestos a sentir gozo y alegría, una cualidad envidiable porque, entre otras cosas, resulta impagable.
Emprendo esta reflexión antropológica en el contexto del Mundial de fútbol porque este deporte, más allá de sus dislates, recrea mediante el juego el escenario de la realidad mundana. Sin ir más lejos, Zico, el famoso ex jugador de Brasil (recuérdese el campeonato de España en 1982), que en este torneo ejerce de entrenador de Japón, ha declarado a la prensa (léase El País de hoy) cómo el balompié ayuda a espantar dos posibles limitaciones del comportamiento de una persona: la fobia social o timidez y la disciplina. Ésta, aunque pueda ser una virtud, se convierte en un defecto indeseable cuando se aplica en exceso (de nuevo, como adelantó Aristóteles, la virtud se encuentra en el término medio). Y eso les sucede, por lo visto, a los jugadores nipones, incapaces de interpretar el fútbol como una actividad recreativa con permiso para sentirse libres y, por tanto, felices. Todo ello, según Zico, porque "ya desde la Escuela se les castiga al equivocarse", lo que explica su espanto a cometer un solo fallo. Trabas psicológicas, pues, al derecho a errar de todo hombre: siempre cabe esperar la rebelión del infeliz, aunque sea, en última instancia, por "lisis" o ruptura de un estilo de vida malogrado.
Ni que decir tiene que hay otras maneras de vivir, más allá de la alegría innata o adquirida a fuerza de practicarla, que logran, al fin, parecido grado de "felicidad". Me refiero a quienes hacen trampa, esquivan el esfuerzo colectivo y sólo miran por sí mismos. Los malvados, en suma. Desconozco la calidad de este otro bienestar, pero sospecho que se encuentra muy lejos de la verdadera actividad agraciada: aquélla que rompe el absurdo vital reafirmando la dignidad del hombre, aun a sabiendas de su definitiva desdicha (sin duda, el amor).
La felicidad nunca puede ser absoluta, ni en el fútbol ni en ningún otro orden de la vida. Se trata de un principio elemental, incluso biólogico, que exige una dosis moderada de toda manifestación orgánica, mente y espíritu incluidos. De ahí la sentencia de Miguel Delibes: "La felicidad es la antesala del llanto".
Hoy Brasil ha sido feliz. A rachas, como sucede con la felicidad, que puede definirse, en efecto, como una sucesión de pequeños instantes, momentos a lo sumo, pero repetibles y, por supuesto, reforzadores de la salud. Los brasileños, como los caribeños y los isleños, parecen predispuestos a sentir gozo y alegría, una cualidad envidiable porque, entre otras cosas, resulta impagable.
Emprendo esta reflexión antropológica en el contexto del Mundial de fútbol porque este deporte, más allá de sus dislates, recrea mediante el juego el escenario de la realidad mundana. Sin ir más lejos, Zico, el famoso ex jugador de Brasil (recuérdese el campeonato de España en 1982), que en este torneo ejerce de entrenador de Japón, ha declarado a la prensa (léase El País de hoy) cómo el balompié ayuda a espantar dos posibles limitaciones del comportamiento de una persona: la fobia social o timidez y la disciplina. Ésta, aunque pueda ser una virtud, se convierte en un defecto indeseable cuando se aplica en exceso (de nuevo, como adelantó Aristóteles, la virtud se encuentra en el término medio). Y eso les sucede, por lo visto, a los jugadores nipones, incapaces de interpretar el fútbol como una actividad recreativa con permiso para sentirse libres y, por tanto, felices. Todo ello, según Zico, porque "ya desde la Escuela se les castiga al equivocarse", lo que explica su espanto a cometer un solo fallo. Trabas psicológicas, pues, al derecho a errar de todo hombre: siempre cabe esperar la rebelión del infeliz, aunque sea, en última instancia, por "lisis" o ruptura de un estilo de vida malogrado.
Ni que decir tiene que hay otras maneras de vivir, más allá de la alegría innata o adquirida a fuerza de practicarla, que logran, al fin, parecido grado de "felicidad". Me refiero a quienes hacen trampa, esquivan el esfuerzo colectivo y sólo miran por sí mismos. Los malvados, en suma. Desconozco la calidad de este otro bienestar, pero sospecho que se encuentra muy lejos de la verdadera actividad agraciada: aquélla que rompe el absurdo vital reafirmando la dignidad del hombre, aun a sabiendas de su definitiva desdicha (sin duda, el amor).
