LOS EXPERIMENTOS DE ALDOUS HUXLEY
La lectura de Limbo, una curiosa recopilación de escritos del autor de A Brave New World, Aldous Leonard Huxley, merece alguna reflexión que me permita plasmar lo que creo que el autor intentó con aquella novela.
En efecto, se trata de un compendio literario clasificado como del género novelesco. Al menos así consta en la edición traducida por Carlos Rojas del año 1957 de que puedo disfrutar, exclusiva para España y con especial prohibición de importarla por otro país. Una joya que un amigo birló de la embarcación en que sirvió al Ejército español por espacio de dos años.
Sin embargo, la novela se divide en bloques, algunos subdivididos en capítulos (como el primero, que lleva por título el del conjunto: "Limbo"), sin aparente conexión entre sí. En realidad, salvo la recurrencia de la visión o vivencia trágica de la existencia, no hallo elementos comunes que relacionen estos bloques que conforman Limbo.
El primero de ellos narra, como ya mencioné en otra ocasión en este blog, el tormento de un ser hermafrodita, tal vez un transexual, que por las noches se ve dominado por su lado femenino, ferviente creador de folletines literarios de gran éxito, y, durante el día, por su otro yo, el masculino, que responde a una personalidad proclive al razonamiento, tanto lógico como abstracto, y a la actividad en general de gran hondura intelectual.
El segundo bloque, de título Y fueron felices..., trata de una familia aristocrática británica, huéspedes incluidos, que sufren en dos de sus miembros varones las consecuencias directas de la primera Gran Guerra. El diálogo entre uno de estos jóvenes caídos (el que muere; el otro sobrevive pese a la amputación de una pierna) y su prometida, nada convencida de la relación amorosa que mantienen, exhibe sobre el papel una buena composición imaginaria de la clásica distancia entre el pragmatismo femenino y los ideales masculinos, en esta ocasión ridiculizados por Huxley, quien hace que el personaje que los encarna los conduzca, él mismo, al más simple de los absurdos. Sólo el reparador descanso nocturno reconcilia a la pareja de amantes y los coloca "exactamente" como se sintieron al reencontrarse páginas atrás de la novela, cuando él regresó del Frente.
Una vez concluidas estas dos partes de Limbo, las más extensas, se suceden otras breves y a ojos vistas de carácter experimental. De hecho, Huxley prueba en una de ellas el género dramático, la que titula "¡Viva el amor, que ya floreció! o Las dos familias". Ésta pieza de teatro ni la he comprendido ni creo que ofrezca gran interés a cualquier filólogo: de lo contrario, me habría llegado alguna referencia, cosa que no ha tenido lugar.
Otras de esas "piezas" experimentales me han sugerido ideas compatibles con mis propias vivencias, clave de que despierten mi interés y merezcan mi aprobación, siempre carente de rigor dada mi condición de mero aficionado a la lectura. Por ejemplo, Eupompo dio esplendor al Arte con los números permite a Huxley fantasear con la vida de un erudito fascinado por un personaje histórico, Eupombo, que dejó su devoción artística por el retrato centrándose, obsesivamente, en la aplicación a sus cuadros del cálculo númerico y matemático. En lugar de salir airoso de su experiencia, el pintor, no sé si real o imaginario, enloqueció y se suicidó no sin antes asesinar "a dos de sus asquerosos discípulos", en palabras del narrador, pues el autor utiliza aquí la primera persona desde el comienzo del relato. Huxley, valiéndose del amigo del narrador, aprovecha para denunciar las devastadoras consecuencias de una conducta incontroladamente obsesiva como la del ilustre Eupombo. Incluso atribuye al mismo mal los padecimientos de los niños superdotados u otros perfiles humanos, tal vez por haberlos conocido de cerca.
Por otro lado, "Artemisa", "La librería" y "La muerte de Lulio" confirman la vasta cultura del escritor británico y su sensibilidad por el saber que atesoran los libros. A éstos dedica el segundo bloque mencionado, una reivindicación personal de la Literatura y de la Ciencia como disciplinas perdurables. A ellas se opone "el vicio de nuestra época", según reza el comentario de un personaje, y aquél no es otro que el Periodismo. Un vicio más antiguo pero que, en efecto, florece en la edad contemporánea. El dependiente de la librería que da nombre a la narración y este otro individuo del que hablamos, coinciden en denunciar el "cotidianismo", lo efímero, como plaga temporal que condena la verdadera cultura al elitismo y, por tanto, al fin de toda posibilidad de hacer negocio con ella. Tal vez la cultura no pueda ni deba ser nunca un negocio. Como el agua, se trata de un bien escaso al que tiene derecho -y necesidad- de disfrute todo ser humano.
"Artemisa" permite al autor hacer un guiño a la sabiduría heredada de los griegos. Juega aquí con las ninfas y los dioses de esta civilización. Imagina Huxley cómo dos amantes creen reencarnar a sendas divinidades griegas y un tercero, observador, aparenta burlarse de esas ocurrencias. Por último, "La muerte de Lulio" parece un ensayo de narración de la vida marítima, en realidad mezclada con la devoción religiosa de un mártir y la relación hueca de un poderoso caballero español con una dama de su rango y sangre. El capitán del navío en que viajan se pliega a la autoridad del español, le pide consejo sobre el destino que debe darle a los restos de Lulio, el devoto, y demuestra su reduccionismo a la vida material debatiéndose entre llevarlos a Mallorca, la isla natal del desgraciado, o Génova, donde sería un honor para sus habitantes disponer de ellos pero también, de momento, una opción sin recompensa económica.
Limbo, el lugar en que reposan las almas a la espera de que el Creador decida si merecen la Gloria, da nombre a esta novela por algún motivo que desconozco. Puede que la naturaleza experimental de los escritos que la componen expliquen esa denominación: Huxley los coloca en una zona apartada, un limbo literario, a la espera de encontrar el género que más se ciña a sus aptitudes como escritor. Pero esto es sólo una hipótesis sin más fundamento que el de una invención a partir de una idea lógica. Que otros me respondan.
En efecto, se trata de un compendio literario clasificado como del género novelesco. Al menos así consta en la edición traducida por Carlos Rojas del año 1957 de que puedo disfrutar, exclusiva para España y con especial prohibición de importarla por otro país. Una joya que un amigo birló de la embarcación en que sirvió al Ejército español por espacio de dos años.
Sin embargo, la novela se divide en bloques, algunos subdivididos en capítulos (como el primero, que lleva por título el del conjunto: "Limbo"), sin aparente conexión entre sí. En realidad, salvo la recurrencia de la visión o vivencia trágica de la existencia, no hallo elementos comunes que relacionen estos bloques que conforman Limbo.
El primero de ellos narra, como ya mencioné en otra ocasión en este blog, el tormento de un ser hermafrodita, tal vez un transexual, que por las noches se ve dominado por su lado femenino, ferviente creador de folletines literarios de gran éxito, y, durante el día, por su otro yo, el masculino, que responde a una personalidad proclive al razonamiento, tanto lógico como abstracto, y a la actividad en general de gran hondura intelectual.
El segundo bloque, de título Y fueron felices..., trata de una familia aristocrática británica, huéspedes incluidos, que sufren en dos de sus miembros varones las consecuencias directas de la primera Gran Guerra. El diálogo entre uno de estos jóvenes caídos (el que muere; el otro sobrevive pese a la amputación de una pierna) y su prometida, nada convencida de la relación amorosa que mantienen, exhibe sobre el papel una buena composición imaginaria de la clásica distancia entre el pragmatismo femenino y los ideales masculinos, en esta ocasión ridiculizados por Huxley, quien hace que el personaje que los encarna los conduzca, él mismo, al más simple de los absurdos. Sólo el reparador descanso nocturno reconcilia a la pareja de amantes y los coloca "exactamente" como se sintieron al reencontrarse páginas atrás de la novela, cuando él regresó del Frente.
Una vez concluidas estas dos partes de Limbo, las más extensas, se suceden otras breves y a ojos vistas de carácter experimental. De hecho, Huxley prueba en una de ellas el género dramático, la que titula "¡Viva el amor, que ya floreció! o Las dos familias". Ésta pieza de teatro ni la he comprendido ni creo que ofrezca gran interés a cualquier filólogo: de lo contrario, me habría llegado alguna referencia, cosa que no ha tenido lugar.
Otras de esas "piezas" experimentales me han sugerido ideas compatibles con mis propias vivencias, clave de que despierten mi interés y merezcan mi aprobación, siempre carente de rigor dada mi condición de mero aficionado a la lectura. Por ejemplo, Eupompo dio esplendor al Arte con los números permite a Huxley fantasear con la vida de un erudito fascinado por un personaje histórico, Eupombo, que dejó su devoción artística por el retrato centrándose, obsesivamente, en la aplicación a sus cuadros del cálculo númerico y matemático. En lugar de salir airoso de su experiencia, el pintor, no sé si real o imaginario, enloqueció y se suicidó no sin antes asesinar "a dos de sus asquerosos discípulos", en palabras del narrador, pues el autor utiliza aquí la primera persona desde el comienzo del relato. Huxley, valiéndose del amigo del narrador, aprovecha para denunciar las devastadoras consecuencias de una conducta incontroladamente obsesiva como la del ilustre Eupombo. Incluso atribuye al mismo mal los padecimientos de los niños superdotados u otros perfiles humanos, tal vez por haberlos conocido de cerca.
Por otro lado, "Artemisa", "La librería" y "La muerte de Lulio" confirman la vasta cultura del escritor británico y su sensibilidad por el saber que atesoran los libros. A éstos dedica el segundo bloque mencionado, una reivindicación personal de la Literatura y de la Ciencia como disciplinas perdurables. A ellas se opone "el vicio de nuestra época", según reza el comentario de un personaje, y aquél no es otro que el Periodismo. Un vicio más antiguo pero que, en efecto, florece en la edad contemporánea. El dependiente de la librería que da nombre a la narración y este otro individuo del que hablamos, coinciden en denunciar el "cotidianismo", lo efímero, como plaga temporal que condena la verdadera cultura al elitismo y, por tanto, al fin de toda posibilidad de hacer negocio con ella. Tal vez la cultura no pueda ni deba ser nunca un negocio. Como el agua, se trata de un bien escaso al que tiene derecho -y necesidad- de disfrute todo ser humano.
"Artemisa" permite al autor hacer un guiño a la sabiduría heredada de los griegos. Juega aquí con las ninfas y los dioses de esta civilización. Imagina Huxley cómo dos amantes creen reencarnar a sendas divinidades griegas y un tercero, observador, aparenta burlarse de esas ocurrencias. Por último, "La muerte de Lulio" parece un ensayo de narración de la vida marítima, en realidad mezclada con la devoción religiosa de un mártir y la relación hueca de un poderoso caballero español con una dama de su rango y sangre. El capitán del navío en que viajan se pliega a la autoridad del español, le pide consejo sobre el destino que debe darle a los restos de Lulio, el devoto, y demuestra su reduccionismo a la vida material debatiéndose entre llevarlos a Mallorca, la isla natal del desgraciado, o Génova, donde sería un honor para sus habitantes disponer de ellos pero también, de momento, una opción sin recompensa económica.
Limbo, el lugar en que reposan las almas a la espera de que el Creador decida si merecen la Gloria, da nombre a esta novela por algún motivo que desconozco. Puede que la naturaleza experimental de los escritos que la componen expliquen esa denominación: Huxley los coloca en una zona apartada, un limbo literario, a la espera de encontrar el género que más se ciña a sus aptitudes como escritor. Pero esto es sólo una hipótesis sin más fundamento que el de una invención a partir de una idea lógica. Que otros me respondan.
