Paradojas
La combinación, frente al televisor, de programas de diversa índole le sirven al espectador para no perder el hilo de las conversaciones con los amigos y compañeros de profesión. Por supuesto, la banalidad del lenguaje que los caracteriza puede parecer, a los ojos de una persona ilustrada, una pérdida de tiempo. Lo es en gran parte, sin duda. Pero tampoco está de más algo, no mucho, de banalidad en la vida como antídoto a su carencia de sentido.
Religiosos o filósofos no estarán de acuerdo, de seguro, con esa conclusión. Pero también ellos recurren al olvido del "sentimiento trágico de la vida" (como lo definió Unamuno) por medio de la televisión, la radio o incluso la prensa rosa o la de verdad, siempre que ésta no se lea con demasiado esmero y asiduidad.
A medida que uno cumple años, y logra avanzar y se tiende, con esfuerzo, a la ubicación natural de las personas y las cosas propias de la autobiografía, se da también cuenta de lo estéril que resulta ese fácil recurso al olvido de la realidad. Percibe, asimismo, cómo afrontar ésta resulta duro al principio, pero la recompensa parece llenar ese vacío existencial al que aludía.
En este sentido, los profesionales del periodismo riguroso, como el que se ejerce, aunque no se sepa, por la mayoría de los profesionales de la comunicación, tiende a multiplicar sus vías de llegada al público objetivo (por ejemplo mediante Internet) en un desesperado intento de sobrevivir a la tiranía del mercado. Siempre se ha sabido que lo que requiere un esfuerzo, el empleo de cierta dosis de energía psíquica en este caso, queda marginado de los hábitos y preferencias de las grandes masas. Por eso el elitismo tiene su sentido, y su doble cara. He ahí el drama paradójico de muchos periodistas. Porque la vida lo exige.
Religiosos o filósofos no estarán de acuerdo, de seguro, con esa conclusión. Pero también ellos recurren al olvido del "sentimiento trágico de la vida" (como lo definió Unamuno) por medio de la televisión, la radio o incluso la prensa rosa o la de verdad, siempre que ésta no se lea con demasiado esmero y asiduidad.
A medida que uno cumple años, y logra avanzar y se tiende, con esfuerzo, a la ubicación natural de las personas y las cosas propias de la autobiografía, se da también cuenta de lo estéril que resulta ese fácil recurso al olvido de la realidad. Percibe, asimismo, cómo afrontar ésta resulta duro al principio, pero la recompensa parece llenar ese vacío existencial al que aludía.
En este sentido, los profesionales del periodismo riguroso, como el que se ejerce, aunque no se sepa, por la mayoría de los profesionales de la comunicación, tiende a multiplicar sus vías de llegada al público objetivo (por ejemplo mediante Internet) en un desesperado intento de sobrevivir a la tiranía del mercado. Siempre se ha sabido que lo que requiere un esfuerzo, el empleo de cierta dosis de energía psíquica en este caso, queda marginado de los hábitos y preferencias de las grandes masas. Por eso el elitismo tiene su sentido, y su doble cara. He ahí el drama paradójico de muchos periodistas. Porque la vida lo exige.
