El precio de la autenticidad
Viene esto a colación de colegas, conocidos o incluso personajes públicos que, por su soberbia, merecen el desprecio de otros. Lo habitual pasa por que se delate en ellos una oscura frustración: todos la tenemos; la vida no es sino un paradigma de esa sensación. La madurez e inteligencia, no exentas de sentimiento humanista, deberían corregir al altanero per se.
A propósito de esta reflexión, nada original por cierto, hay profesiones como la del periodista en las que la humildad debería correr de la mano a lo largo de toda la carrera. Recuerdo a Fernando Múgica, un fuera de serie del gremio periodístico, de los reporteros universales, mientras impartía una charla en la sede de El Mundo a estudiantes universitarios. De su insólita carrera profesional me quedé con dos aspectos que desvelan su vertiente más humana: el divorcio casi como consecuencia directa de una dedicación al trabajo que rozaba lo enfermizo; y, en segundo lugar, la discreción con la que debe andar por el mundo un reportero de raza. Quien pasa inadvertido en este caso puede ser, no sé si más dichoso, sí, desde luego, más auténtico.
