MUERTE Y DILEMA
El pasado martes 23 de enero murió el que, para muchos, puede ser considerado como "el mejor reportero del siglo XX" y, en cualquier caso, una referencia casi ineludible del periodismo contemporáneo: Ryszard Kapuscinski. Confieso, no sin disgusto, que apenas he leído alguna de las obras que dejó escritas, caso de la titulada Los cínicos no sirven para este oficio. Confío en suplir esta carencia leyéndolas todas, pues a un periodista joven no puede dejar de interesarle lo que ha contado una persona que ha ejercido esta profesión convirtiéndola en su modo de vida. Esto es, hablamos de la entrega total al oficio, que pierde así, a mi entender, la dimensión habitual que se le atribuye como mero medio para ganarse la vida.
Un periodista como Kapuscinski trasciende la noción común del profesional de la comunicación. La persona y el profesional se entremezclan, hasta el punto de que, a veces, conviene recurrir a la aclaración de que "se es persona antes que profesional". Esto sucede, por ejemplo, con los buenos médicos y no sabría decir con cuantas más ocupaciones humanas. Pero sospecho que esta dedicación abrumadora -y apasionante- a una actividad concreta, hasta el punto de fundirla con la propia identidad, entraña el riesgo de no añadir a esa fusión un elemento de enorme importancia personal: el amor hacia la mujer o el hombre con el que uno sella una alianza vital.
No resulta casual, por esta razón, que muchos de quienes han llegado lejos en el ejercicio -o más bien vivencia- de su profesión, hayan descuidado a su mujer o a su marido, o a los hijos que han engendrado. Desconozco la biografía de Kapuscinski. Esta reflexión, aunque parta de su fallecimiento, la dirijo a otros casos de hombres que conquistaron la gloria científica, intelectual, humanista o humanitaria. Así como el sacerdocio exige la entrega absoluta al Dios en que se cree, la disposición incondional para con el ejercicio de un trabajo trae consigo la renuncia, en buena parte, a la entrega a los seres humanos amados. Curioso dilema.
Un periodista como Kapuscinski trasciende la noción común del profesional de la comunicación. La persona y el profesional se entremezclan, hasta el punto de que, a veces, conviene recurrir a la aclaración de que "se es persona antes que profesional". Esto sucede, por ejemplo, con los buenos médicos y no sabría decir con cuantas más ocupaciones humanas. Pero sospecho que esta dedicación abrumadora -y apasionante- a una actividad concreta, hasta el punto de fundirla con la propia identidad, entraña el riesgo de no añadir a esa fusión un elemento de enorme importancia personal: el amor hacia la mujer o el hombre con el que uno sella una alianza vital.
No resulta casual, por esta razón, que muchos de quienes han llegado lejos en el ejercicio -o más bien vivencia- de su profesión, hayan descuidado a su mujer o a su marido, o a los hijos que han engendrado. Desconozco la biografía de Kapuscinski. Esta reflexión, aunque parta de su fallecimiento, la dirijo a otros casos de hombres que conquistaron la gloria científica, intelectual, humanista o humanitaria. Así como el sacerdocio exige la entrega absoluta al Dios en que se cree, la disposición incondional para con el ejercicio de un trabajo trae consigo la renuncia, en buena parte, a la entrega a los seres humanos amados. Curioso dilema.
