Fin de un ciclo
Boca abierta, rostro empequeñecido, rugosos párpados que daban descanso definitivo a todo su cuerpo: el abuelo ha muerto. Silencio y respeto religiosos en el mortuorio: el fin de toda una vida consumado sin ruidos aparentes, con sigilo. A todos sus seres queridos, a su hija del alma, no nos sorprendió el desenlace, más no por ello dejó de dolerlos.
Se avecina mañana el entierro en el pueblo en el que vivió, al menos mientras yo le conocí desde niño. El mismo que tantos recuerdos e incluso autoreproches me ha suscitado. Con todo, yacerá mañana en aquel lugar alguien que lo vivió en su seno; un habitante auténtico y no un vecino pasajero. Casi un siglo de vida inspira una veneración merecida, un respeto sin condiciones, un homenaje y un profundo abrazo, que tal vez no le dí en vida con el cuerpo, sí con el alma. Descansa, abuelo; descansa en paz.
Se avecina mañana el entierro en el pueblo en el que vivió, al menos mientras yo le conocí desde niño. El mismo que tantos recuerdos e incluso autoreproches me ha suscitado. Con todo, yacerá mañana en aquel lugar alguien que lo vivió en su seno; un habitante auténtico y no un vecino pasajero. Casi un siglo de vida inspira una veneración merecida, un respeto sin condiciones, un homenaje y un profundo abrazo, que tal vez no le dí en vida con el cuerpo, sí con el alma. Descansa, abuelo; descansa en paz.
