Recuerdo una objeción de Francisco Umbral, el célebre premio Cervantes que escribe en la contraportada de El Mundo: el lugar en el que se hace un periódico se parece, a veces, a la oficina de un banco en lugar de a lo que es: la redacción de un medio de comunicación. Viene esto a cuento de que una colega dudaba, hace no mucho, de llamar "oficina" al lugar en el que trabajamos. A lo que yo, recordando a Umbral, apostillé que su indecisión estaba justificada: no pasa por ser lo mismo una redacción que una oficina; un periódico que una empresa sin más. El actual decano, si no me equivoco, de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la Universidad CEU-San Pablo, donde me he formado, reflexionó un buen día en voz alta sobre este mismo dilema. Su conclusión caminó paralela a la de Umbral o a la mía propia: "Un periódico es algo más... porque tiene influencia" social, política, económica o cultural. No piensa así el empresario o dueño del medio, porque, sencillamente, no necesita de ese planteamiento. Pero en su modus operandi hace posible la realización de esa máxima del decano: utiliza su medio para influir y enriquecerse de ese poder afectivo. La cuestión reside en dotar a esa maniobra del principio ético del periodismo: hacer saber de algo a la persona para mejorar su vida en lo posible. Que no sea éste el objeto principal del servicio informativo es cosa que escapa a la voluntad del redactor y le exime, así, de toda responsabilidad.
Un Raúl en plena senectud habla, durante el discurso anual a la masa de ciudadanos cubanos que conmemora el asalto al Cuartel Moncada en 1953, de continuidad en el "periodo especial" al tiempo que anuncia cuantos cambios precise [en la economía] la Revolución para su adaptación al mundo capitalista. Es decir, sin perder su esencia autodenominada "socialista", Cuba, por voca de la "vieja guardia" (El País, 27-07-2007) aún en el poder, cede a la economía de mercado para solventar su retraso como país occidental. Un retraso en lo económico, político e incluso social: Fidel Castro aventuró, al parecer, la caída de la Unión Soviética (no mucho antes de que fuera inminente, supongo) y anticipó la necesidad de que Cuba sobreviviera a ese desplome mundial de un modelo de civilización tan pernicioso como fracasado en su aplicación. No despierta simpatía alguna observar propaganda estática en calles paupérrimas; tampoco escuchar las dificultades de sus ciudadanos ante la falta de medios para su desarrollo personal. Pero aún persiste una estructura básica allá que supera, en lo moral, a la que sustenta otras sociedades en Centro y Sur-América: pude observarla en los niños, en apariencia sanos, sonrientes e incluso uniformados dirigiéndose a las escuelas...
El pasado viernes una orden judicial secuestró el semanario satírico El Jueves debido a la representación del príncipe Felipe y Doña Leticia, su esposa y princesa, en postura y acto poco decorosos. ¿Qué puede pensar un ciudadano, más aún, un periodista sobre esta censura? Pocos o ningún profesional de la comunicación que conozca y ame el oficio debería defender el secuestro de una publicación, o al menos la parálisis inmediata de su difusión sin juicio previo u otro recurso por el estilo. En este caso, la poca trascendencia de la viñeta que ilustra la portada de la revista, deja lugar a pocas dudas sobre la necesidad de bloquear su distribución nada menos que por medio de una acusación procedente de la Fiscalía General de Estado. Por una vez, comentó el otro día una amiga, "Acebes tiene razón en lo que dice". En efecto, el razonamiento de este político del Partido Popular parece coherente: se ha logrado el efecto contrario al perseguido por la Justicia (esto es, la difusión del número en cuestión de El Jueves) amén de la inoportunidad y exageración de este mandato jurídico. Lo curioso estriba en que la vicepresidenta primera, portavoz del Gobierno y ministra de la Presidencia, María Teresa Fernández de la Vega, ha dicho algo no muy dispar acerca de este asunto. ¿De quién partió la orden del secuestro? ¿Juicio por "injurias a la Corona" a dos dibujantes en la España de 2007? Sin duda, sólo se trata de un mal sueño. De una serpiente de verano con muy poca gracia...
Escucho un discurso de un veterano y muy famoso personaje estadounidense; la charla circula por medio de los programas que almacenan y permiten reproducir vídeos en Internet. Me ha llegado a partir de un mensaje en mi correo habitual, desde el que accedo, a su vez, a un foro que dirige Juan Carlos Nieto, mi antiguo profesor de Periodismo Especializado. Entre este fascinante testimonio en forma de disertación a unos alumnos americanos, sin duda durante el día de su graduación universitaria, y el que cubrí como periodista en Roquetas de Mar (Almería) el pasado mes de mayo, y que expuso Fernando Trias de Bes como acto de inauguración de un congreso, observo cómo la experiencia curte a los hombres y les hace apreciar su vida a partir de sus vivencias, nunca de las de otros. Ese famoso personaje americano no es otro que Steve Paul Jobs, presidente de Apple Inc. Y Trias de Bes por mucho es conocido como el colaborador habitual de EPS, el suplemento dominical de El País, y autor del best seller La Buena Suerte. Salvando las distancias, no sólo geográficas, entre ambos ponentes, hay una característica que comparten: la fe, no ya en sí mismos, sino en la vida en general. Contrariar la opción del malestar y el fracaso, obviándola, reviste la existencia de un halo de victoria que acaba por descubrirse. "El que resiste vence", máxima que algunos atribuyen al Nobel español Camilo José Cela. O, de otra manera: la infatigable lucha como sino deseable. También Cajal lo resumía así: "La vida es ante todo lucha". La cuestión es que la quietud del espíritu, su estado de calma, forma parte de esa lucha y se evita así la contradicción de este lema con la reflexión que hice ayer sobre el Tao y la trascendencia de la no-acción, esto es, de la nada. Otra manera de razonarlo parte del principio oriental de que las cosas no responden al epíteto "bueno" o bien "malo", sino a ambos al tiempo: "bueno y malo". La inacción se nutre de la acción, y este movimiento universal cumple la propiedad matemática conmutativa, es decir, también tiene lugar a la inversa. Por eso, parafraseando tanto a Cajal como a Cela, quien resiste, vence, pero también lo hace quien cae, sólo que de otra manera. Lo importante es no desfallecer; en ello reside tanto el fracaso como la victoria; interesa caminar, no importa hacia dónde (aunque sí cómo). Tan sólo la muerte amenaza la clarividencia de esta máxima, pero también la refuerza, como daba a entender Steve Jobs en su discurso.
Leo un poemario de gran hondura filosófica: el Tao Te King. Algo hay de verdadero en el mensaje que transmite. Un mensaje único y, al mismo tiempo, múltiple. La nada y el todo; el "ser" y el "no-ser": eso es el Tao. Deduzco de la sabiduría oriental la persecución de un estado existencial supremo e inagotable. Trasciende toda dificultad. Salva toda barrera: incluso la de la no-existencia. Porque ésta, según interpreto de la lectura del citado escrito, no debe confundirse con la muerte. Por el contrario, en ella, en la negación del ser, reside éste mismo y, con él, cuanto existe. Comprendo la dificultad del racionalista empeñado en el hallazgo permanente de la relación causa-efecto. Su empeño está abocado al fracaso. No quiere esto decir que la verdad científica sea un descubrimiento falsificado. Por el contrario, es un acercamiento al ser que le resulta útil. Pero esta utilidad se encamina, por paradójico que resulte decirlo, al vacío del no-ser, como reza el Tao. Lo mismo sucede con los tabiques, puertas, paredes y muebles de una casa: su fin no reposa en su naturaleza, sino en la nada que cubren con su existencia haciéndola habitable para quien se cobija en su seno. Cabe preguntarse cómo encaja la muerte en esta filosofía del Tao. Lo que me descubre, en principio, es la futilidad misma de hacerse esa pregunta: mientras se sea, carece de fundamento esperar dejar de ser.